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Esta sección reúne, a manera de archivo, diversas reflexiones que, sobre la difícil situación que vive Grecia, he ido publicando en los últimos tiempos a la par de los hechos. Han surgido en Atenas, del contacto diario con la calle, con el abuso, con la mentira, con la pasividad, con la impotencia y con la injusticia. Afortunadamente, han encontrado eco en numerosos rincones del ciberespacio, han corrido de blog en blog, han llegado a los medios “oficiales” y, en ocasiones, han regresado en forma de pequeños mensajes para darme la más profunda alegría que puede recibir quien pone por escrito un pensamiento: la de saber que hay alguien, en algún lugar, que agradece leerlo. Todos esos testimonios –los que me apoyan y los que me critican– me han ayudado a comprender mejor el mundo en que vivimos. Por eso merece la pena escribir.

 



 

 

Mi agradecimiento
especial al periódico
La Nueva España ,
al sitio web
La Pasión Griega
   y a todos los que
dan alas a mi voz.

Hace ahora casi dos mil quinientos años, cuando la democracia daba sus primeros pasos firmes en Atenas, Sófocles expuso ante sus conciudadanos, desde el espacio público del teatro, el conficto de una princesa que se opone a la ley y al poder para dar sepultura a su hermano muerto. Con ello, al tiempo que nacía la Democracia, nacía también una pregunta llamada a convertirse en un interrogante eterno: ¿Es la ley la justicia?
En el fondo, toda la polémica sustentada en torno a la cuestión de Cataluña refleja, una vez más, ese eterno conflicto existente entre la ley y la justicia. La ley es un precepto de obligado cumplimiento que una autoridad establece para regular, imponer o prohibir una cosa; y –en el mejor de los casos– puede coincidir con la justicia; pero no es la justicia: es tan sólo un intento de hacerla definida, que se perfecciona, precisamente, en su afan de aproximarse a ella. Ésa es la razón por la que el estado de derecho que la democracia genera no se agota en la formulación y la obediencia de las leyes, sino que reconoce también la posibilidad de cuestionarlas para tratar de hacerlas más acordes al interés común y a los valores éticos que fundamentan la propia democracia. O dicho de otro modo: ésa es la razón por la que las leyes mejoran gracias a que existen entre los ciudadanos personas valientes con cualidades éticas y sentido de la justicia superiores a los de las leyes en vigor.
Quienes defienden, pues, acrítica y irreductiblemente la Constitución, están, sin duda, defendiendo la ley, pero no por ello es seguro que estén defendiendo también la justicia. Hay que reconocer que la Constitución Española, en ese delicado punto de su Artículo 2 –redactado concienzudamente por los Siete Padres para blindar la indivisibilidad de España desde su propia ley fundamental–, entra en conflicto con el Derecho Internacional y niega a las naciones –o “nacionalidades”– de España el derecho de autodeterminación mediante referéndum que aquél les reconoce.
Uno puede estar globalmente de acuerdo con la Constitución, y desearla –pese a sus deficiencias– como un marco legal para la convivencia democrática. Pero, ¿seguiría estándolo plenamente si uno de sus artículos fundamentales denegara lo que el Derecho Internacional le reconoce? ¿Seguiría estándolo por completo si, llegado el caso, uno de sus artículos contraviniera los Derechos Humanos? Da que pensar. No se puede ser totalmente absoluto en la defensa de ninguna ley: hay que tratar de ver dónde está la justicia.
Desde 1960, la Organización de Naciones Unidas reconoce a todos los pueblos el derecho a la libre determinación (Resolución 1514 (y 1541), en la que España, por cierto, se abstuvo de votar), derecho que también ratifican los Pactos Internacionales de Derechos Humanos (PIDCP, 1966, ratificados por España año y medio antes que la Constitución) y que, con el tiempo, ha adquirido carácter de erga omnes (“aplicación universal”) e, incluso, de ius cogens (“norma imperativa de derecho internacional general”).
Por eso pienso que, desde el principio, la solución al problema hubiera sido –y sigue siendo ahora, por mucho que lo dificulten los intereses, los hechos y los ánimos– la celebración de un referéndum verdaderamente democrático: con censo, protección de datos, neutralidad institucional, observadores internacionales, garantías en el proceso y escrutinio, información veraz, serenidad y asuencia de acoso mediático. En dos palabras: un referéndum democrático. Ésa es la vía que el Derecho Internacional establece para el ejercicio del derecho de autodeterminación. Celebrar un referéndum y aceptar serenamente el resultado. Sólo así sabremos que la fuerza que nos une o nos separa es exclusivamente la de la convicción. Eso es lo democrático.
Y, si no se ha hecho –o si no llega a hacerse–, es por una única razón, digna de oprobio: porque su celebración no garantiza de antemano el resultado que desea ni una ni otra de las dos facciones, radicalizadas y cobardes, que alimentan desde hace años este peligroso juego.

Lea AQUÍ el artículo, publicado en CTXT (11/10/2017)

Un obituario adelantado

Últimamente, cada vez escribo menos en este blog que abrí hace siete años para alertar sobre la situación de Grecia. Y no es porque ya no haya nada de lo que escribir, sino porque lo escrito tiende a repetirse hasta la saciedad. Al principio, todo eran advertencias, previsiones, tal vez conjeturas; ahora, hace mucho que se han convertido en realidades, en verdades flagrantes, en hechos incuestionables a los que sólo les hace falta tiempo para convertirse en historia. En ignominiosa historia.

Hoy seré breve. Desde hace cuatro meses, tengo un nuevo vecino en Atenas. Es un anciano enjuto y canoso. Vive en mi calle. En la calle. Entre un monton de harapos y basura que ha ido juntando a su alrededor. Desde hace tiempo, se pasa el día tumbado en un colchón, inmóvil, bajo una manta y una lona de plástico. Tal vez por eso, cuando estoy en la cama, me acuerdo especialmente de él. Sobre todo, los días de tormenta y viento, los días en que se oye golpear la lluvia en los cristales.

Al principio, cuando se movía, le dejé algún dinero, y un poco de comida. Hoy me he agachado a preguntarle al oído si podía hacer algo por él: ayuda para incorporarse, comida, una ambulancia (la ambulancia pregunta si desea ser recogido; Medicus Mundi dice que no lo pueden recoger; el centro de pernocta, que hay lista de espera...)

Da igual. No quiere que lo lleven a ninguna parte. Sólo quería agua, y se la di, tumbado –no puede moverse–, dejándola arroyar por mi mano hasta sus labios ulcerados. Está lleno de costras y de mugre, tiene la piel pegada al esqueleto, los ojos anegados de cataratas y, de cintura para abajo, se está pudriendo en sus propios excrementos. No quiere que lo lleven a ningún sitio. Sólo quiere morir, supongo.

Que ahora no quiera moverse no puede ser motivo para que nos quedemos con la conciencia tranquila. Es seguro que, antes, tampoco quiso verse en la miseria, ni vivir en la calle, ni acabar sus días así. Si tiene suerte, pronto abandonará este mundo y vendrán a recoger su cadáver. Si quienes toman decisiones para organizar la sociedad no han podido hacer nada por que este anciano –su padre– no muera podrido en la calle, yo les exijo que se callen, que al menos se callen, que no nos hablen ni un sólo día más de medidas para el desarrollo, ni de salida a los mercados, ni de nuevos inversores, ni de brotes de esperanza. Que se callen mientras haya uno solo en la calle. Por respeto a sus víctimas. Porque la cara de este hombre a punto de morir es la de su fracaso. La de su estrepitoso fracaso.  

Hoy seré breve. Desde hace cuatro meses, tengo un nuevo vecino en Atenas. Es un anciano enjuto y canoso. Vive en mi calle. En la calle. Entre un monton de harapos y basura que ha ido juntando a su alrededor. Desde hace tiempo, se pasa el día tumbado en un colchón, inmóvil, bajo una manta y una lona de plástico. Tal vez por eso, cuando estoy en la cama, me acuerdo especialmente de él. Sobre todo, los días de tormenta y viento, los días en que se oye golpear la lluvia en los cristales.

Al principio, cuando se movía, le dejé algún dinero, y un poco de comida. Hoy me he agachado a preguntarle al oído si podía hacer algo por él: ayuda para incorporarse, comida, una ambulancia (la ambulancia pregunta si desea ser recogido; Medicus Mundi dice que no lo pueden recoger; el centro de pernocta, que hay lista de espera...) 

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"La estrategia del desarraigo"

Un 11% de la humanidad está ya en guerra, pero hacen falta más refugiados y más desarraigados para reventar las costuras del mapa del mundo y minar la cohesión y la conciencia de las sociedades

Artículo publicado en la revista Contexto (18/1/2017)

Pulse AQUÍ para leerlo en Contexto

Grenica

"Grecia: radiografía de un Estado fallido"

Reflexiones un año después del tercer memorándum: la coyuntura del país sólo es comparable a la de algunos Estados depauperados por el colonialismo y la guerra

Artículo publicado en la revista Contexto (7/9/2016)

Pulse AQUÍ para leerlo en Contexto

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